Visión y Escritura

¿Escriben bien nuestros hijos? ¿Se puede cambiar la escritura de los niños?

La escritura es uno de los procesos de salida de la información en el ser humano.

En su ejecución influyen muchas funciones y sistemas sensoriales (entre otros, el sistema encargado de gestionar las emociones).

Para poder reproducir la forma de un número o de una letra, hemos de ser capaces de construirlos en nuestra imaginación (proceso conocido como visualización), discriminarlos con nitidez y evocarlos a nuestra voluntad.

Esto es importante, ya que al escribir palabras o cifras, hemos de hacerlo en el mismo orden en el que las pronunciamos o escribimos.

La imagen mental evoluciona a medida que el niño crece, y esto mismo ocurre con la capacidad gráfica.

Para poder reproducir una imagen mental, necesitamos una estructura cerebral capaz de elaborarla. Así, las imágenes mentales (construidas gracias al cerebro visual y, por tanto, al sistema visual) hacen de soporte de las palabras.

La relación entre la escritura y la visión es, como podemos ver, muy estrecha.

La lateralidad empieza a definirse entre los tres y los cinco años, ya que se necesita un nivel de función cortical mínimo que se alcanza a esas edades, y termina de desarrollarse desde los cinco hasta los doce años aproximadamente.

En el aspecto neurológico, es alrededor de los tres años cuando el nivel de integración interhemisférica posee un soporte funcional bastante sólido y el niño anuncia lo que va a dibujar. A los cinco años, cuando comienza a definirse la lateralidad diestra o zurda, la relación visuo espacial representa una referencia mucho más completa y global. Aquí, la función parietal integradora enriquece toda la información recogida en las áreas frontales del cerebro.

Durante el aprendizaje de la escritura alfanumérica, el niño necesita contar con unas coordenadas bien definidas y estables y un punto de partida que le permita organizar la información de manera secuencial.

Gracias a las coordenadas espacio temporales ubicamos e interpretamos la información, nuestra identidad, nuestra conducta y todo lo que aprendemos. Cuando fallan estas coordenadas, se produce la tendencia al desorden.

Cuando observamos la escritura de un niño, hay una serie de aspectos en los que nos vamos a fijar con detenimiento:

1.- La manera de coger el lápiz y la calidad de la pinza escribana.

2.- Las posturas que adopta y la colocación del papel.

3.- La distancia a la que se coloca para escribir.

4.- La orientación y direccionalidad de las líneas.

5.- Las dimensiones de las letras y la fidelidad de la reproducción.

6.- La disposición espacial del texto en el papel.

 

Esta observación se hace imprescindible en la evaluación previa y tratamiento posterior, ya que el cuerpo es el esquema de integración de referencia en todos los niños.

En el momento del nacimiento, el bebé llega al mundo con unas herramientas “de base”. Se trata de una serie de movimientos involuntarios, estereotipados, controlados a nivel del tronco del encéfalo, y que permiten al recién nacido enfrentarse al nuevo mundo, interactuar con él e iniciar su desarrollo.

Se trata de los reflejos primitivos. El control de os mismos se establece en el tronco del encéfalo,  estructura neurológica encargada de controlar funciones como la respiración y el ritmo cardíaco, entre otras.

Según el niño va creciendo, estos reflejos han de ir madurando para pasar a ser reflejos posturales. El control de estos últimos se encuentra en los ganglios basales.

Con el posterior desarrollo, los reflejos posturales pasarán a convertirse en los actos motores de orden superior, como andar, correr, saltar, leer, escribir, etc.

De ahí la importancia tan relevante de la prevención de los problemas en el desarrollo de las diferentes habilidades en el niño.

Los errores posturales de la pinza escribana pueden estar vinculados a alguna respuesta primitiva que no ha sido bien integrada (reflejo de prensión manual, reflejo tónico –cervical-asimétrico, etc.)

Cuando un niño no pinza bien el lápiz, quiere decir que no ha integrado bien la mano dominante a nivel de esquema corporal y que no utiliza el índice como debería.

Los correctores de pinza pueden ser de utilidad en aquellos niños que quieren y hacen lo posible por corregir una pinza mal adquirida, así como para aquellos que sujetan el lápiz por la punta, lo cual podría provocar la anulación funcional de un ojo y, por lo tanto, de una vía visual.

El papel del optometrista comportamental es crucial en la evaluación, detección y tratamiento de todos los niños, desde el momento del nacimiento hasta la edad adulta.

Implicado y especializado en áreas relacionadas con el desarrollo motor, neurológico y sensorial del niño, el optometrista comportamental  relaciona el funcionamiento del sistema visual del niño con el resto de los sentidos, buscando equilibrio y eficacia principalmente.

Una vez identificados los problemas que pueden estar ocasionando dificultades en el proceso de salida de la información, como puede ser la escritura, se plantean las diferentes opciones de tratamiento.

Dentro de las herramientas de las que disponemos en el área optométrica encontramos:

Lentes oftálmicas:

  • Pueden ayudar a relajar mecanismos de acomodación o enfoque que se encuentren desajustados.
  • Amplían el espacio visual.
  • Equilibran los procesos visuales de cada persona.

Todas estas situaciones, si no están funcionando correctamente, pueden provocar tensión en todo el sistema motor de salida del niño.

Lentes prismáticas:

  • Modifican la percepción del espacio para que el niño realice los ajustes adecuados para funcionar con eficacia.
  • Pueden provocar cambios posturales que permitan un mejor control del resto de funciones.

Terapia visual:

  • Ayuda al niño a comprender cómo ha de realizar determinadas acciones para poder trabajar de manera óptima, utilizando solo el esfuerzo requerido para dicha actividad.
  • Le permite formar esquemas de trabajo de un modo cognitivo, de manera que sea capaz de automatizar los procesos que realiza en su actividad diaria.
  • Integrando las coordenadas óculo manuales para que las relaciones visuo espaciales sean estables y cómodas para el niño.
  • Desarrollo de todos aquellos reflejos primitivos que se hayan quedado bloqueados en el momento del nacimiento o posteriormente, y que puedan estar interfiriendo en la ejecución adecuada de la escritura.
  • Mediante programas de fototerapia optométrica (Syntonics) se pueden mejorar los campos funcionales y, de este modo, permitir que todas las áreas visuales se equilibren y trabajen con mayor organización.

 

 

Las revisiones en niños, en consulta de un optometrista comportamental, deben realizarse a las siguientes edades:

  • En el momento del nacimiento
  • A los seis meses
  • A los doce meses
  • A los 18 meses
  • A los 24 meses
  • A partir de aquí, salvo indicación, una vez al año.

En el momento en que el niño empieza Educación Primaria, a la edad de seis años, es interesante poder realizar una evaluación optométrica perceptual. En ésta, se examina todo el proceso de entrada visual, así como otras funciones importantes, tales como:

  • Audición (tonal y verbal) y salud auditiva
  • Esquema corporal (conocimiento e integración contralateral)
  • Visuo percepción (discriminación, memoria, relaciones espaciales, integración figura fondo, cierre visual)
  • Desarrollo de la integración óculo manual

 

Es importante tener en cuenta que para saber cómo funciona un individuo hay que estudiarlo desde una perspectiva interdisciplinar, esto es, aunando conocimientos entre los diferentes profesionales implicados en el desarrollo y cuidado de los mismos.

 

Foto evolución escritura

evolución escritura